Cuando se inventó la fotografía muchos teóricos y exégetas decían que, a diferencia de cualquiera de las otras artes, una foto prometía y cumplía. Realidad, naturalismo, verdad y momento se apretaban entre sí. Ante todo hay que agradecerles semejante inocencia, porque dieron el empujón final para que el arte, contrariando ese entusiasmo, pueda ser y hacer cualquier cosa, lo que los artistas quieran.
Algunas décadas después, con los juegos de espejos como los del retrato de Lucio V. Mansilla en su tercera edad, las técnicas de montaje del inconsciente con las imágenes que perpetraban los surrealistas y las profecías comprimidísimas de Walter Benjamin, la foto se liberó de la cárcel del. Con el color vino el pop, sin que el blanco y negro lo eche, y así siguiendo.
Las fotos de Marina vienen de todo esto, sumado a que la Buenos Aires de su juventud tenía, como toda gran metrópoli, un afecto especial por la fotografía, su divulgación y sus alcances novedosos, de Horacio Coppola a Alberto Goldenstein, de Annemarie Heinrich a Sergio De Loof. Con las cámaras en el celular todo cambió, en realidad no sé bien qué cambió. Además es inútil y aburrido cerrar cualquier círculo cuando de estética se habla.
Las fotos de esta muestra están sacadas en ciertas partes de adentro de la ciudad: sótanos, talleres, salas de espera, libros, catálogos de exposiciones universales, departamentos y salas del Museo Nacional de Bellas Artes. Todas juntas parecen una orquesta de tango a la que se le suma un portero con el impulso de contarles la información no oficial de los muertos vivos, para no decir de los fantasmas. Así, la frecuencia que no escuchamos porque solo se deja ver, es una parte de la cinta de una suite compuesta para Buenos Aires pasada al revés. Piazzolla compuso sus cuatro estaciones porteñas y esta podría participar de una quinta estación. La estación fantasma de los climas. La música que escuchan los fantasmas cuando se entretienen con la alquimia de las artes. «Surrender», la canción de Suicide que recompusieron Marina y Ulises Conti para extenderla hasta la agonía, no es ejemplo sino parte de estas conjeturas, porque no se rinde en falso, se rinde al amor y al intento, que es como entregarse a seguir.
SADAIC no es solamente el título de esta muestra, ni un edificio pre posmoderno donde los músicos van a hacer trámites para registrar y, quién te dice, pegarla con las regalías de sus composiciones. Por cuestiones familiares cada seis meses Marina cobra algunos pesos que son el eco transformado de las melodías y letras que inventó su papá; además le habilita la obra social. De esto resulta que SADAIC administra su única herencia. Pensando en las herencias de las otras, las burguesas o las de sangre azul, el sociólogo Émile Durkheim proponía, a fines del siglo XIX, eliminar la herencia como derecho para que cada generación tenga su punto de partida igualitario. El argumento no pasó del renglón donde se lo escribió. Si la iniciativa hubiese pegado, la herencia como tal continuaría, porque los fantasmas también son herencias. La más rara de las herencias además, porque aparecen en cualquier momento.
Toda la discusión con la fotografía en el centro siempre tuvo el problema del alma amenazando la perpetuidad de las opiniones en contra, a favor o abstractas. El piano estropeado de la foto del piano estropeado es un fantasma, un objeto fetiche y una parte de la herencia de Marina: pero no lo tiene en su casa. Es como el arte no siendo una sensación, sino el aporte a una sensación. No me doy cuenta si las flores de plástico dejan una pregunta acerca de esto último, como para que la representación de la vida pueda ser también esa que dice que por suerte o desgracia, todos y cada uno nos vamos a morir. Que las cosas empezaron hace ya mucho tiempo sin nosotros y que van a seguir sin nosotros mucho tiempo más.